¿ La Caja de Pandora?

(original   publicado en Brecha 30/11/2013)

Al igual que la apertura de la caja en el mito griego, la liberación de la información sobre los resultados de Secundaria ha causado toda clase de reacciones acerca de los posibles males que puede traer difundir información sobre el sistema. Entre ellos se listan la discriminación y estigmatización a centros y estudiantes y la supuesta ideología neoliberal que implica el uso de esta información.
Aquí quiero plantear un tema estructural para pensar seriamente sobre la transparencia en el sistema educativo. En primer lugar, la información pública no se produce ni se libera en el vacío. El contexto es importante para entender cómo se puede usar y para qué. En algunos sistemas educativos basados en el mercado –el más cercano es Chile– la información es clave para usuarios que deben pagar por su educación y buscar la mejor opción. Aun así, los recientes problemas con universidades y liceos en ese país demuestran que la información no obra milagros. Los mercados tienen fallas y la reducción de las asimetrías de información no necesariamente las resuelven. El mito del consumidor “iluminado” maximizador de resultados es simplemente eso, un mito.
En contextos centralizados y dominados por el Estado la información es concebida como insumo para la toma de decisiones por un grupo de personas que supuestamente tienen las capacidades para tomarlas en beneficio de los otros. El lema es: puede usted saber sólo aquello que nosotros queramos que usted sepa, por el bien de todos.
La liberación de la información sobre Secundaria podría haber dado razón a esta segunda tesis: la mayoría de la prensa hizo una correlación pura y dura entre repetición y calidad de la educación, algunos festejaron ser “el mejor liceo” mientras un canal de aire entrevistó a una madre acerca de sus sentimientos sobre el liceo de su hijo (el “peor” del barrio). Lo mejor sería no haber dicho nada.
El problema es que, como en la historia de Pandora, la información se ha liberado. Lo que queda por hacer es entender para qué se usa. La información por sí misma no trae desgracia vestida con un manto de neoliberalismo. Lo que trae desgracia (en este caso) es no tener más indicadores que permitan contextualizarla, y que los actores clave (alumnos, padres y profesores) puedan apropiarse de ella para discutir y mejorar la educación. Lo que trae desgracia es usar la información para un sistema de rankings con incentivos perversos que además de estigmatizar generan mercados disfuncionales. Lo que trae desgracia es que sólo una parte del sistema educativo deba (a regañadientes) ser transparente, mientras que el sector privado no lo es. El conocimiento y la información no operan en mundos neutrales. Lo mismo que su contracara: el secreto.
Las decisiones políticas que se tomen con respecto a la información pública en Uruguay afectarán qué tanto sabremos de ella, y qué podremos hacer con eso. La idea casi sacrosanta desde el Siglo de las Luces es que más conocimiento nos dará más poder para cambiar las cosas. Su defecto es que nunca se pregunta para quién y cómo, y cómo la información se transforma en conocimiento. Son buenas preguntas, que asumen que la información es parte de un juego más amplio y necesario si se quiere cambiar el estado de las cosas.

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